
Resulta que había una mujer, cuyo nombre desconocemos, que tenía un perro. No sabemos la raza del perro ni su edad, por lo que es difícil aventurar conjeturas acerca del aspecto o el carácter del cánido. Este tipo de historias están llenas de imprecisiones. Lo que sí sabemos es que la mujer, de la que tampoco tenemos más datos, debía tener una carácter caprichoso o, tal vez un gran apego a cierta parte de su anatomía, la que generalmente se denomina como "pecho" o "busto", ya que había bautizado a su perro con el curioso nombre de "Mistetas". O tal vez se tratara de alguna palabra en una lengua desconocida cuyo significado desconocemos.
La cuestión es que un día, mientras paseaba, el perro escapó a la vigilancia de su dueña. La mujer, presa de gran nerviosismo, salió corriendo y tropezó con un guardia (no sabemos de qué tipo) al que inquirió acerca del probable paradero de su perro a lo que el guardia, en un error tal vez involuntario, respondió que ya le gustaría a él haberlo visto.
La cuestión es que un día, mientras paseaba, el perro escapó a la vigilancia de su dueña. La mujer, presa de gran nerviosismo, salió corriendo y tropezó con un guardia (no sabemos de qué tipo) al que inquirió acerca del probable paradero de su perro a lo que el guardia, en un error tal vez involuntario, respondió que ya le gustaría a él haberlo visto.